Hace muchos años, siendo yo un niño, se coló en el garaje de nuestra casa del pueblo un gorrión precioso. Mis hermanos y yo, todos con másters y tesis doctorales en "Cómo hacer del cojín un arma arrojadiza" y "Batallas Campales con Platos de Cocina", conseguimos atrapar al pobre pajarillo que inocentemente había ido a parar a nuestra casa.
Lo bautizamos Manuel, le dimos nuestros apellidos, le hicimos una pseudocasita con cajas de cartón y al segundo o tercer día apareció inmóvil en el suelo. Tras comprobar que no se estaba echando una siesta, para mostrarle nuestro respeto, decidimos enterrarle, como hacían los mayores con la gente que se moría. En medio del jardín de la parte de atrás de la casa cavamos su diminuta tumba y junto a él plantamos un ciprés, para recordar el sitio donde estaba Manuel. Nos hicimos mayores y el ciprés también. Cuando dejamos la casa, el ciprés ya llegaba al tejado.
Este verano, en un pequeño viaje con mi padre por Asturias, nos dio por ir a ver qué había sido de la casa del pueblo. Lo primero que hice cuando llegamos fue ver si seguía el ciprés allí. No estaba. Y me morí de rabia porque ya nada recordaría a Manuel ni a los niños que lo enterraron, y por lo poco que me gustaba separarme de las cosas y la gente que me recuerdan que un día fui muy pequeño.







6 comments:
Menuda historia, y los dibujos son geniales.
Un abrazo,
Nacho
me gusta mucho
un post genial, si señor, solo le faltaba la música de anthony and the johnsons
Si un buen texto es aquel que te hace pensar, este es sin duda uno de esos
Me gusta mucho cuando escribes. Y me gusta más cuando son historias así de sentidas :)
Que bonita entrada Juan Cocco
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